Volver

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
ALFREDO LE PERA, «Volver»

 

Estoy cansado de volver a casa con las manos vacías. Es insoportable. Con sólo pensar en la mirada de Lucrecia, y recordar cómo cada noche la expectativa en sus ojos se transforma en decepción, el estómago se me retuerce. ¿O eso es el hambre? Hambre no es porque me fumo un pucho y con eso el hambre se me olvida, pero el retortijón de la panza no se pasa ni con el atado entero. Entonces me voy a la plaza del barrio, me siento con las manos metidas en los bolsillos para que no se me congelen de frío, y espero lo que haga falta hasta que la luz de casa se apague y yo pueda entrar sin tener que ver esos ojos. Antes la llamo y le aviso que llego tarde. No sé si ella no me pregunta por qué por pudor o porque entiende qué me pasa. Al día siguiente me levanto temprano y salgo antes de que Lucrecia me pueda mirar. Y si me pregunta en la oscuridad de la habitación, mientras me desvisto, antes de meterme a la cama y, sin tocarla, quedarme mirando el techo, por lo menos no tengo que sentir la decepción de sus ojos, sino el aliento triste de su voz cuando me diga «no te preocupes, ya va a aparecer algo».

Ese algo no aparece. Ya ni sé qué es. O, mejor dicho, ese algo es cualquier cosa. Cualquier laburo con el que pueda traer una moneda a mi casa para darle de comer a Lucrecia y a Dieguito. Porque con el sueldo de Lucrecia del jardín de infantes ya no alcanza. Se fue a la mierda el alquiler, se fue a la mierda el precio de la comida, se fue a la mierda el colectivo, se fueron a la mierda los servicios. No alcanza. Si por lo menos no me hubiesen echado de la librería. O si encontrara algo ahora, cualquier cosa, como para poder traer guita a casa.

Si no aparece nada el mes que viene va a haber problemas para pagar el alquiler y no sé qué vamos a hacer. Mamá ya no puede darme un mango, apenas se banca con su jubilación. La propuesta de que vivamos los cuatro juntos no me gusta, aunque es cierto que no hay otra salida. Si no aparece algo nos vamos a tener que ir a vivir con ella. Y sobreviviremos los cuatro con los sueldos de ellas, hasta que en dos o tres meses no alcance para todos, y yo no consiga el «algo», y haya que vender algún mueble para pagar la luz o el gas.

Menos mal que Dieguito entendió y se portó muy bien con el cambio de escuela. No sabía cómo se le dice a un hijo que no va a seguir yendo a la escuela que le gusta y con los compañeros con los que hizo todo el primario, porque no hay un mango y tiene que ir a una en la que no cobren cuota. «No importa, papi, cuando tengamos plata de vuelta puedo volver a mi escuela». Le di mil vueltas al asunto y no pude encontrar otra solución. Y se ve que no éramos los únicos, porque no eran muy distintos a nosotros los que hicieron cola desde las cuatro de la mañana para encontrar un banco en la bendita escuela pública. Y ahora él dice que está contento, que los compañeros son buenos, que le gusta su nueva escuela, pero sé que lo hace para que nosotros no nos preocupemos. Por suerte no reaccionó como reaccioné yo.

Juan no volvió a ser él después de que lo echaran junto a cientos de compañeros de la misma antigüedad cuando privatizaron la fábrica para desmantelarla y convertirla en una empresa de importación. Todo lo que habían hecho durante 25 años, y antes de ellos sus viejos compañeros que les enseñaron todo y que habían trabajado otros 25 años, y que habían hecho autos, motos, tractores, y aviones, todo eso se borró en un segundo con una venta a precio de remate. Y ellos se quedaron en la calle, con las indemnizaciones en la mano, algunos pensando que eso había sido bueno, y otros pensando en cómo hacían para que esa plata no se les acabara antes de que pasaran los diez o quince años que les quedaba para jubilarse. La mayoría no consiguió otro trabajo. Usaron las indemnizaciones. Algunos pusieron un kiosko. Otros se compraron un auto y empezaron a laburar de remiseros truchos. Otros invirtieron en diferentes proyectos productivos que nunca salieron. Juan fue uno de estos. Lo que quedaba se iba perdiendo mes a mes, hasta que no les quedó nada.

Cuando me levanto a la mañana trato de no pensar en nada. Me tomo el mate cocido en silencio mientras reviso por enésima vez los clasificados por si se me pasó algo. Después lavo la taza y me abrigo. Antes de que suene la alarma de Lucrecia, yo estoy yendo a tomar el colectivo.

Cada vez veo menos gente en el bondi. Es cierto que yo tampoco lo tomo todos los días, porque a veces me voy caminando. Pero uno tiene tiempo de darse cuenta de esas cosas: hay menos gente en el centro, hay menos gente en el súper, en el almacén, las colas son más largas para conseguir laburo, hay gente pidiendo en la peatonal, salieron de vuelta los chicos a cambiar estampitas por monedas en los bares –monedas que no alcanzan para nada–, hay viejas vendiendo pañuelos descartables por diez pesos. A veces me pregunto si es que ahora que no tengo qué hacer más que buscar, ahora que no tengo en qué pensar que no sea en la calle y en laburo, es que estoy atento a esos detalles que antes pasaba por alto. Me cuesta pensar que no sea un cambio reciente. Me cuesta pensar que antes no veía y ahora sí. Me cuesta no pensar que ellos y yo estamos pasando por algo parecido, que hemos perdido lo poco que teníamos. Me cuesta no pensar que, en un sentido, somos lo mismo. En esos momentos, tiendo a perder la esperanza.

Al principio, Juan se animó a soñar. Por primera vez en su vida tenía tanta plata junta. No sabía bien qué hacer. Tenía miedo de perderla, pero sabía que no le iba a durar para toda la vida. Cuando tres compañeros lo llamaron para que se les una en un proyecto para hacer un viñedo en San Juan, pensó que se podía jubilar antes de tiempo. La idea era del yerno de uno de los compañeros, un ingeniero agrónomo mendocino que tenía muchas ideas y cero capital. Ya tenía visto un viñedo y todo. Había que comprar, ponerlo en marcha, pensar una marca, conseguir un contacto para exportar y listo. Parecía todo muy fácil. Pusieron la mitad de lo que habían cobrado, porque las ganancias iban a tardar unos años y necesitaban con qué subsistir hasta entonces. Después se sentaron a ver cómo el viñedo nunca dio un vino, la plata se fue yendo en arreglos y máquinas, y cuando hizo falta volver a invertir, ninguno tenía un peso ni siquiera para vivir.

Perdí la cuenta de cuántos currículum dejé. Cuando salgo de la escuela, fábrica, comercio, call center o lo que sea, tengo una leve esperanza que se va esfumando con cada paso que doy. Me dura dos o tres minutos, nada más. Después me ataca la desesperación de saber que no doy el perfil, que «estoy sobrecalificado» por mi carrera universitaria, o que soy muy grande para lo que buscan. Camino cuatro o cinco cuadras con ese sabor amargo en la boca hasta que decido pasar página y buscar el siguiente aviso del itinerario que hice la noche anterior. Leo qué tipo de laburo es, la dirección, y después de trazar el mejor camino en mi cabeza, me imagino que llego y les gusta mi cara, mi currículum, y me piden que empiece ahí mismo porque tienen apuro. Me imagino llegando a casa con alguna golosina para festejar, y llamando a la vieja para contarle. Unas cuadras más adelante me imagino laburando ahí, charlando con los compañeros, tomando una cerveza a la salida, comiendo un asado en algún cumpleaños. Un asado… ¿Hace cuánto que no como un asado?

Hace cuánto que no comemos carne, en realidad. Fue lo primero que aumentaron. Desde que me echaron lo único que comemos es fideo y arroz. Cada muerte de obispo Lucrecia compra unos bifes para que coma Diego, porque en el comedor de la escuela tampoco abunda la carne. Capaz que en vez de golosinas, podríamos festejar comiendo unas milanesas.

Mientras tanto, Ana María consiguió trabajo de vendedora en un comercio del centro, y por la noche hacía changas cociendo. Con eso, más las migajas que quedaron de la venta del viñedo, sobrevivirían los tres un tiempo más.

Juan fue quedándose cada vez más tiempo en la cama. Al principio quiso ayudar con alguna tarea doméstica, pero pronto se sintió incómodo e inútil. Se quedaba horas en la cama, pensando, y se levantaba sólo para mirar televisión. Se dejó de afeitar y no tardó en crecerle una barba gris y despareja. Comía cada vez menos, y empezó a enflaquecer, y la ropa le quedaba grande. Su andar era patético.

Pedro terminó el secundario y quiso entrar a la Universidad. «No alcanza la plata», dijo Ana María. «Tenés que trabajar». Juan miraba la televisión sin mirarla. Tenía los ojos perdidos en cualquier parte. Pedro se levantó y se fue. No volvió hasta la noche, tarde. Culpaba de todo a Juan, por no haber dado pelea, por no haber sido más fuerte, por dejar que su madre asumiera toda la responsabilidad. Volvió y le dijo a su madre que buscaría trabajo, y que se inscribiría en la Universidad. Ella no se opuso. Sintió que su madre era muy fuerte, y eso lo llenó de orgullo.

Camino tanto por la ciudad probando suerte que cada tanto paso cerca de la casa de algún amigo. Siempre me quedo pensando si debiera pasar a saludar, o aunque sea dejar algún mensaje en el buzón. Nunca hago nada. Simplemente paso, y trato de no seguir pensando en eso.

He dejado de ver a la mayoría de los compañeros de la escuela y de la facultad. Los de la librería nunca fueron muy cercanos. Llevo meses sin saber nada de algunos de mis mejores amigos. Simplemente dejé de ir a reuniones tiempo después de haber perdido el trabajo. Al principio me miraban con pena, y no sabían qué hacer para ayudarme. Yo me sentía un poco incómodo. Después, cuando ya no podía permitirme gastar plata en asados y vino, dejé de ir. Algún amigo me ofreció ir sin pagar, pero me sentí aún más incómodo. Sé que lo hicieron sin intención de ofenderme. A veces los extraño, pero no puedo darme el lujo de comprar una botella de vino por lo que cuesta un kilo de carne que mi hijo no come todos los días, y recibir limosnas no está todavía en mi horizonte. Todavía podemos comprar comida. No sé de qué seré capaz si en algún momento no podemos hacerlo.

Una mañana Juan dejó una carta y se fue. Nunca pensaron que sería capaz de hacer algo así. Pedro llegó a su casa después del mediodía, y se encontró con la madre llorando en la pieza. Antes de preguntarle qué había pasado, ya sabía que se trataba de Juan. No estaba en la cama, ni en ningún otro lado. Ana María no decía nada, sólo lloraba a mares, y cada vez que quería decir algo le salía un hipo extraño, y una voz ininteligible.

Pedro la llevó a la cocina y le preparó un té. Cuando la pudo tranquilizar, Ana María sólo le dijo que Juan se había ido. «¿A dónde?», preguntó Pedro. Repitió incansablemente la pregunta, pero Ana María sólo sollozaba. Cundo no pudo soportar más la insistencia de su hijo, le dio la carta a Pedro.

La leyó tres veces y salió corriendo. Ana María se quedó llorando sola. Pedro corrió sin dirección hasta llegar a la Ruta. Por la cabeza desfilaban las letras escritas de puño y letra por su padre. Las palabras no tenían sentido, eran simples significantes que deambulaban por su mente ausente de pensamientos. Corría tratando de encajarlas como piezas de un rompecabezas. En la Ruta se paró en seco. Miró para los dos lados. Se le ocurrió algo. Paró el primer taxi que vio. «A la fábrica…», dijo.

Hoy, después de dejar el último currículum en un instituto privado que da cursos dudosos de inglés, para tomar el colectivo tenía que cruzar el centro y pasé por la peatonal. Contra una vidriera en la San Martín se había amontonado un montón de gente. Como era una casa de electrodomésticos, pensé que sería algún partido de fútbol de Europa, pero me di cuenta de que había muchas mujeres en el grupo, y eso me extrañó. Me quise asomar entre la gente, pero no alcanzaba a ver nada. Le pregunté qué pasaba a un hombre que salía del montón. «Un viejo se pegó un tiro en un local de ANSES de Mar del Plata». No le pude decir nada. Él siguió empujando gente y logró salir. Según las versiones que escuché después y pude leer en las placas televisivas, el hombre había gritado «¡Ladrones!» varias veces, y antes de matarse dijo que «no quería ser una carga para sus hijos».

Salí del grupo de gente y me eché en un cantero. No sé cuánto tiempo estuve ahí. La gente se fue dispersando. En la televisión la noticia del resto del día fue un mono suelto por Buenos Aires. Yo no podía sacarme al viejo de la cabeza. Tardé un buen rato en descubrir que lo que me inmovilizaba, lo que no me dejaba moverme de ahí era la impotencia y la bronca. Cuando me di cuenta, pude pararme de nuevo. Decidí volver a casa. Ya era de noche.

Pedro pagó y bajó del taxi. La ambulancia y los móviles policiales le dijeron que había llegado tarde. Se abrió paso entre los curiosos que quedaban. Por sobre el hombro de un policía, Pedro vio el cuerpo de su padre, con el uniforme que usó a diario durante 25 años, con una aureola de sangre cayéndole de la cabeza deshecha. Vomitó. El policía que tenía adelante lo insultó. Iba a echarlo, pero apenas lo tocó Pedro cayó al suelo y no se movió más. Entre dos lo acercaron a la ambulancia para que lo atendieran. Le zumbaban los oídos. Sentía la cara caliente. Tenía los ojos perdidos. Mientras lo revisaban no dijo una sola palabra. Cuando vieron que estaba recuperado le dijeron que se podía ir. «Soy el hijo», alcanzó a decir antes de largarse a llorar.

No me importaron las miradas esta noche. Llegué a casa y traté de saludarlos lo mejor posible, que no notaran mi angustia. Lucrecia tenía lista la cena. Pusimos la mesa y sirvió para los tres. Desde que me echaron ella había dejado de cenar, pero esa noche comió con nosotros. No me preguntó nada, y eso me extrañó. Contó algo que le había pasado en el Jardín. Tal vez intuyó que sabía lo que había pasado, o estaba impresionada y quiso evitar el tema. Hablaba acelerada, como si no quisiera que nadie la interrumpiera. Después le dijo a Diego que contara cómo había sido su día. Yo traté de prestar la mayor atención posible, pero casi no pude emitir sonido en toda la cena. Tampoco me preguntaron qué me pasaba, o cómo había sido mi día.

Después de comer acosté a Diego y le dije a Lucrecia que no me esperara para acostarse, que después de bañarme tenía que revisar el diario. Ella me abrazó, me recordó que me amaba y se fue a la cama.

Dejé que el agua caliente me cayera por el cuerpo. Me metí debajo de la lluvia y sentí como aplastaba mi pelo y me recorría hasta los pies. No quería pensar más. No quería estar más acá. Pensé que tal vez el viejo no la había hecho tan mal, que irse a la mierda de golpe, de un tiro, tampoco era mala opción. ¿A qué se queda uno? A veces uno no sabe qué le pasa al otro hasta que no lo vive en carne propia.

Con los ojos cerrados, dejando que el agua me lavara el cuerpo, me calentara las extremidades heladas por el invierno, imaginé formas de irme para no volver. Imaginé que Lucrecia estaría mejor, que le alcanzaría para los dos. Pero no pude imaginar mucho más. Pensé en la vieja, tan fuerte y luchadora, y no pude pensar más. Abrí los ojos y me convencí de que había que seguir, que había que pelearla para estar mejor todos.

«Ana y Pedro: me hubiese gustado despedirme de otra manera. Ya les he causado demasiada tristeza. He dejado de ser el sostén que nunca debí dejar de ser, para convertirme en una carga, y no quiero seguir siendo una carga para ustedes. Los amo. Creo que es lo mejor que puedo hacer por ustedes. Juan».

Me vestí en la oscuridad de la habitación, escuchando la respiración agitada de Lucrecia. No dormía, era obvio, pero no quería hablar con ella. Para tranquilizarla, me acerqué, le di un beso, y le dije que ya volvía. Ella se dio vuelta de golpe. «Pedro», dijo, pero se quedó ahí. Me quedé esperando a que siguiera. «Nada», dijo. Salí.

Volví a la cocina y prendí la radio. No quería pensar en nada. Hacía frío y puse la pava para unos mates. En la radio hablaban de una «represión brutal en la Avenida 9 de Julio. Entre los manifestantes había niños. Los movimientos sociales reclamaban se declare la emergencia alimentaria. Fueron reprimidos por la Guardia de Infantería con balas de goma y gases lacrimógenos». Siguieron con otras noticias, pero no hablaron del viejo de Mar del Plata.

Tomé el primer mate y me sentí reconfortado. Abrí el diario, buscando los clasificados. El almacenero nos regala el diario desde que me quedé sin trabajo. Cuando la cosa se pone difícil, siempre aparece la solidaridad. Busqué la lapicera que dejo todas las noches arriba de la heladera y empecé a tachar los anuncios a los que ya había llevado el currículum. En la radio se terminaron las noticias y empezó un programa de tango. Pensé en el viejo. Le gustaba el tango, y hasta lo bailaba.

Diego se levantó y pasó al baño. Lo vi muy despierto, y pensé que había ido antes de irse a la cama. Supuse que estaba preocupado por algo, tal vez por mí. Cuando pasó de vuelta se asomó y me pidió un mate. «Te vas a desvelar», le dije. «No importa», contestó. «¿Te puedo preguntar algo?». «Claro», le dije. «¿Por qué estamos así?». «¿A qué te referís?». «Al país», dijo, y se quedó mirándome. Yo me quedé callado. No sabía cómo explicarle a mi hijo que después de 15 años estábamos repitiendo la historia, que la farsa no es muy distinta a la tragedia. Me vio dudar tanto, que dijo «no importa, ya vamos a estar mejor».

En la radio sonó «Volver». Le hice una seña a Diego para que se acercara. Subí el volumen de la radio. «A tu abuelo le gustaba mucho el tango, y le gustaba mucho Gardel». «¿Por qué nunca me contás cosas del abuelo?». «Ya te voy a contar». Gardel cantó, y yo lo seguí con la memoria. Me quedaron grabados unos versos: «Y aunque el olvido que todo destruye / haya matado mi vieja ilusión / guardo escondida una esperanza humilde / que es toda la fortuna de mi corazón». Después de escucharlos no pude dejar de pensar que Gardel, como decía el viejo, cada día canta mejor.

Kudelkista de la primera hora

Soy kudelkista de la primera hora. Lo digo como una declaración de principios, y porque uno debe decir siempre desde dónde dice las cosas.

Mañana se termina el campeonato. Talleres va a jugar el partido 30 sabiendo hace varias fechas que el próximo torneo vamos a seguir en Primera. Objetivo cumplido, por tercer campeonato consecutivo. No se nos dio el premio extra, la Sudamericana, pero eso no tiene que tapar lo conseguido. Y si escribo esto es justamente por eso, porque algunos perdieron de vista el eje, y porque se olvidaron de todo lo que pasamos hasta llegar a acá.

Hace dos años y tres meses me hice kudelkista. Fuimos a ver el amistoso con Libertad de Sunchales con el Negro Marcio. Ganamos 4 a 0, dos de Velázquez y dos de Francia de tiro libre. Salí de la cancha y mandé un par de mensajes diciendo que jugando así le ganábamos al Barcelona de Guardiola. Exageraciones de un hincha ilusionado. Dos años y tres meses atrás, justo antes de empezar a transitar el infierno por enésima vez. Mañana se cumplen dos años del empate con Juventud Unida en San Luis 1 a 1. Para los desmemoriados, rescatamos un punto después de que nos cascotearan el rancho y quedáramos con uno menos, gracias a un patadón de Beraldi que salió no se sabe de dónde a los 44 del segundo tiempo. Hace dos años habíamos perdido con Maipú, y todavía no sabíamos que con Juventud Unida era el primero de 40 partidos invictos. Estábamos ahí, dando un paso en falso, todavía en la primera rueda del infierno.

Pero terminamos ganando la segunda rueda, que fue durísima. Capaz que no muchos se acuerdan que empezamos empatando con Ramallo acá, después de un primer tiempo horrible que mejoró con la entrada del Señor Gordo y de Turbina. Y el segundo partido fue otro 1 a 1 después de un baile hermoso a los tucumanos que nos empatamos solos, literalmente. Pero el equipo había recuperado la identidad del buen juego, del toque por el piso y la salida al pie desde el arquero, jugando con un enganche definido por el que pasaban las pelotas importantes. (Permítaseme el paréntesis para recordar a Francia, que tenía sobrepeso de fútbol, kilos de calidad, y que fue una de las figuras de ese equipo). Así ganamos esa rueda, y salimos del infierno un martes a las cuatro de la tarde en Formosa, contra Sol de América, con cinco mil locos alentando con alma y vida, gracias al gol de Pipe.

La B fue otra cosa. La ganamos de punta a punta, invictos. Pero no hay que olvidarse de lo que costó afianzarse en las primeras fechas, y que dependíamos casi exclusivamente de Solís (¿se acuerdan de Solís?). Pero el equipo fue encontrando el juego que ya conocíamos, y le ganamos a todos nuestros perseguidores para coronar el 5 de junio la vuelta a primera después de 12 años. Esa tarde en Floresta nos quedamos con uno menos en el primer tiempo y Kudelka no se resignó. Antes del gol de Lessman, podría haber sacado a Klusener pero lo dejó, y podría haber metido jugadores defensivos para aguantar el empate y puso a Encina y a Bebelo. Los tres fueron, en su medida, protagonistas del final épico. Después del empate de Kluse, el grito de Kudelka fue «¡Vamos que ahora lo ganamos!». Eso es el kudelkismo.

Volvimos a primera después de 12 años. Antes de seguir, quiero hacer una enumeración de lo que no debemos olvidar de esos años: descenso a la B (2004), quiebra (2004), Tale (2004-2009), Granero (2005-2008), manzanazo (2006), 20 partidos sin ganar (2006-2007), Ahumada (2008-2009), intento de remate del predio y otros activos del club (2009), descenso al infierno (2009), larga estadía en el infierno (2009-2013), ascenso a la B (2013) y descenso de nuevo al infierno (2014), perdimos dos finales por uno de los siete ascensos del infierno a la B (2014). (He preferido no dar nombres propios de técnicos, y en menor medida de jugadores, ya que la historia no necesita que yo los recuerde). Doce largos años, en los que rescato a un hombre entre los muchos que protagonizaron el renacer de Talleres, Saúl Silvestre, juez que logró hacer en cinco años lo que se debería haber hecho en diez, y que revirtió el proceso de desaparición del Club que estaba empeñado en realizar Carlos Tale.

Doce años después del descenso con Argentinos, el Cholo la clavó al ángulo y volvimos a primera. El comienzo fue muy difícil. Jugábamos bien pero no metíamos goles, y no ganábamos. En la quinta fecha, después de perder un partido increíble con Aldosivi en Mar del Plata, le preguntaron a Kudelka si iba a cambiar la forma de jugar del equipo. Él contestó que iba a morir con las botas puestas, o algo que quería decir eso. Talleres ganó los siguientes cinco partidos, recibiendo sólo un gol. A pesar de los altibajos y de la irregularidad, Talleres hizo un buen campeonato y tal vez podría haber sido mejor si no fuera por cierta inexperiencia y por algunos problemas puntuales que resultaron insolucionables (fundamentalmente, la equivocación constante en la toma de decisiones en la zona de definición). Sin embargo hubo un momento de alto vuelo del equipo, entre las fechas 16 y 19. Ahí Talleres consiguió recuperar no sólo el mejor juego del equipo, sino convertir los goles que generaba. Convirtió 8 goles en 4 partidos, casi el doble del promedio del campeonato. En la Bombonera, tras la victoria frente al campeón, los periodistas buscaban palabras de emoción y euforia en el técnico, como si acabáramos de salir campeones. Kudelka no sólo no se subió al tren del exitismo por un partido, sino que reclamó al periodismo ombliguista de Buenos Aires que Talleres tuviera que ir a ganarle a Boca en la Bombonera para que se enteraran de que había un Club que hacía bien las cosas, y que pregonaba el buen fútbol con un equipo muy joven, pero que por ser del interior era ignorado en el Centro del Universo. Y también dejó una frase que debiera estar pegada en la puerta de La Boutique, y que es el Padre Nuestro de los kudelkistas: «El arco de enfrente se hizo para ganar los partidos».

Su mejor momento, el punto más alto de juego en los dos años y medio de la Era Kudelka, fue con Lanús. No sólo le ganaron al campeón defensor, sino que el partido fue un espectáculo de lo mejor del campeonato. Dos equipos jugando al fútbol de la mejor manera. Una fiesta. Con mis 28 años a cuestas, nunca sentí tanto placer y plenitud al salir de un partido. Bajé la tribuna con una sonrisa que no se me borró por varios días.

Las virtudes del ciclo de Kudelka son también consecuencia del estado institucional del club, que no sólo permite que el trabajo se desarrolle en las mejores condiciones sino también que muchos jugadores elijan venir a Talleres, en un fútbol que no ha dejado de ser profundamente centralista. Pero el estilo de juego impuesto por Kudelka es suyo, y concuerda con la identidad de juego histórica de Talleres. Aquí radica uno de los puntos centrales: Kudelka le devolvió a Talleres su identidad. Salimos del infierno siendo Talleres, no otra cosa. Volvimos a la fuente, y somos lo que fuimos siempre. En un fútbol que hace rato pregona la mezquindad y se celebra el éxito a cualquier costo, es un oasis en el desierto.

Mañana se termina el campeonato. Sabemos que el año que viene vamos a estar en Primera, y que las exigencias serán mayores. Hemos conseguido el objetivo con un equipo de muy baja edad (Herrera 25, Godoy 22, Komar 20, Escobar 22, Bebelo 21, Pipe 22, Menéndez 23, sólo por nombrar titulares), y que más que el Talleres del presente, es el Talleres del futuro inmediato. Es un equipo a largo plazo. Y esto incluye al cuerpo técnico. Por todo esto (y más) el que debe conducir al Talleres 2017/18 (y por mucho tiempo más) es Frank Darío Kudelka. Creo que no debería haber dudas de eso.

Antes del final, aprovecho la ocasión para decir que hay que hacerle un monumento a Frank Darío en la puerta de La Boutique. Aunque eso, tal vez, sea parte de mi exageración de hincha agradecido.

Asamblea en Talleres: sobre reformas y cambios

Las reformas de las normas y reglamentos son necesarias. Las instituciones, como la sociedad, cambian mucho más rápido que las leyes que regulan sus relaciones y funcionamiento. Actualizarlas, para que no sean obsoletas, es necesario.

El domingo que viene, 11 de junio de 2017, la Asamblea de Socios del Club Atlético Talleres deberá decidir si reforma o no su estatuto, que es la norma básica que regula su funcionamiento. No sólo la antigüedad del que ahora está en vigencia es el argumento de la actual Comisión Directiva para proponer este cambio. El nuevo proyecto institucional que propone Andrés Fassi pareciera necesitar de esta reforma, aunque hasta ahora el estatuto no ha sido un impedimento para el éxito deportivo, por lo que nos obliga a preguntarnos qué permite el nuevo estatuto para la realización del proyecto de Fassi. Es imposible perder de vista esto a la hora de pensar en esta reforma que fue discutida por un grupo minúsculo de socios, y que la Comisión Directiva no está dispuesta a modificar.

 

Serás lo que debas ser…

El artículo 4 es uno de los cuestionados por socios y agrupaciones de socios. Esto dice: «Para el cumplimiento de los objetivos a los que obedeció su fundación, podrá realizar todos los actos jurídicos que sean necesarios y adecuar su situación jurídica a los encuadramientos legales necesarios para su funcionamiento» (el subrayado es nuestro). Si bien en el artículo 1 del estatuto se deja constancia de que el Club Atlético Talleres es una Asociación Civil, en el artículo 4 se abre la posibilidad a la reforma de su situación jurídica. En el marco actual, en el que muchos dirigentes pugnan por la transformación de los clubes en Sociedades Anónimas Deportivas (y el presidente Fassi es uno de ellos), y en el que desde el gobierno nacional se impulsa la privatización del fútbol en todas sus formas, este artículo pareciera abrir las puertas a un cambio de encuadramiento jurídico del Club. Si bien es cierto que los estatutos de AFA dicen claramente que los clubes miembros son asociaciones civiles y que, para cambiar la situación jurídica del Club se necesitan dos tercios de la nueva Asamblea de Representantes, ninguno de estos argumentos garantiza que el Club siga siendo una asociación civil en manos de sus socios.

La privatización total del fútbol implica que los Clubes dejarán de ser entidades que promueven la actividad deportiva, los valores del deporte, importantes para barrios o ciudades enteras por su integración social, para ser empresas que venden espectáculos, y que tienen por fin que muy pocas personas se enriquezcan. No sólo los socios dejan de dirigir los destinos de su Club, sino que son expulsados para convertirse en consumidores, y sólo aquellos que tienen la capacidad adquisitiva para hacerlo.

 

Quién dirige la batuta

Esto se relaciona con el otro artículo que se cuestiona. El artículo 33 regula la composición de la nueva Asamblea de Representantes. Éste será el nuevo órgano que reemplazará a la Asamblea General de Socios en sus actuales funciones (las que ejercerá, tal vez por última vez, el próximo domingo). Podemos coincidir con la idea de que una asamblea con diez mil, veinte mil, cincuenta mil socios es inviable. En lo que no coincidimos es en cómo va a ser conformada esa Asamblea.

Vamos a analizarlo en detalle. Dice el artículo 33: «La Asamblea de Representantes es la autoridad suprema de la institución. Se integra con cien asociados titulares y treinta suplentes, distribuidos en grupos de dos tercios para la mayoría y un tercio para la o las minoría/s. Los miembros correspondientes serán elegidos, simultáneamente con los miembros de la Comisión Directiva, según el sistema de representación proporcional por cociente». Cualesquiera sea el porcentaje de votos con los que gane una Comisión Directiva, tendrá mayoría agravada (dos tercios del total) en el órgano que es la «autoridad suprema de la institución». Esta mayoría es exigida para cualquier modificación sustancial del patrimonio del club, o para la reforma misma de los estatutos o de la «situación jurídica» del club. Además, el tercio que corresponde a la minoría (si la hubiere), se dividirá entre las minorías «según el sistema de representación proporcional por cociente. Este cociente será el resultado de dividir la suma de los votos obtenidos por las listas minoritarias por el número de miembros que corresponden a la minoría, siempre que dichos votos sean superiores al cincuenta por ciento (50 %) de los votos obtenidos por la mayoría. Si las minorías obtuvieran en total menos del cincuenta por ciento (50%) de los votos obtenidos por la mayoría, ésta participará del cociente para distribuir cargos de la minoría. Obtenido el número definitivo de los Representantes para la mayoría, el resto de los cargos a ocupar se distribuirá entre la o las minorías según la relación entre votos obtenidos y el cociente». Es decir que si la Lista A obtiene el 70% de los votos, la Lista C obtiene el 20%, y la lista D el 10%, las listas minoritarias tiene menos de la mitad de los votos de la Lista A, por lo que ésta tiene derecho a entrar en la distribución del tercio que corresponde a la minoría. Esto también sería así si hubiera una sola lista minoritaria que tuviera el 30% de los votos. (Vale recordar que la actual comisión directiva obtuvo el 78% de los votos en los comicios de 2014, por lo que hubiese obtenido 85 representantes, y la oposición sólo 15 –los mínimos garantizados por el estatuto para la oposición–). Esto le garantiza a la Comisión Directiva ganadora que la Asamblea de Representantes será de su misma línea política, por lo que no es descabellado suponer que aprobará todo aquello que la Comisión Directiva ponga a su disposición. No parece ser el Club democrático que la Comisión Directiva dice promover.

Los socios representantes son elegidos en el mismo acto electoral que la Comisión Directiva. Van todos en una misma lista (como se eligen autoridades ejecutivas y legislativas en nuestros diferentes gobiernos). Esto es restrictivo para miles de socios que quieren participar activamente de las decisiones del club pero que no tienen contacto con agrupaciones que estuvieran en condiciones de presentarse a elecciones. Desde el Club dicen que es una forma de garantizar que sólo los que quieren participar participen, y que deben involucrarse en la política del Club. Este interés repentino por la política sería razonable de no conocer los métodos poco políticos (y muy empresariales) que ha tenido la Comisión Directiva en su cabeza para conseguir (de la Asamblea que quiere eliminar) alguna votación favorable. Esto ha sido muy discutido por socios y agrupaciones, y se han propuesto diversas alternativas para elegir a estos representantes. Aquí expondremos dos ejemplos de Asambleas de Representantes: las del Barcelona y del Real Madrid. La del FC Barcelona se conforma mediante un sorteo entre todos sus socios activos con un año de antigüedad. La cantidad se define de acuerdo al total de socios activos habilitados, sumado a expresidentes del club y a una cantidad mínima de socios de mayor antigüedad. Otra alternativa podría ser la del Real Madrid, que elige 33 socios por cada 1000 socios activos con un año de antigüedad, no pudiendo superar la Asamblea de Representantes los 2000 miembros. Ejemplo: los socios que van del 1 al 1000 deben elegir 33 representantes. Se proponen los que quieran serlo. Si son más de 33, serán elegidos por esos mil socios los 33 representantes. Si son menos, los que falten serán elegidos por sorteo. Estos dos sistemas permiten que cualquier socio participe de la vida institucional del club sin necesidad de pertenecer a alguna agrupación del club, y garantiza la pluralidad de la Asamblea de Representantes. Contra este tipo de sistemas de elección, la Comisión Directiva manifestó que no se puede elegir a cualquiera, sino a los mejores socios para esa tarea, porque Talleres quiere ser el mejor club del mundo, tener el mejor estatuto y la mejor Asamblea de Representantes. Si bien desconocemos la «calidad» o los méritos de los socios del Barcelona o del Real Madrid, no dudamos de que como clubes tienen un éxito que no puede dejar de ser tenido en cuenta, y que creemos que no será menospreciado por la actual Comisión Directiva. Agregamos un dato: estos clubes piden un año de antigüedad, y ambos incluyen a socios de mayor antigüedad, mientras que el nuevo estatuto de Talleres pide dos años de antigüedad.

 

Los mejores y la meritocracia

El argumento de que deben ser los mejores los que lleven las riendas del Club, acorde con los lineamientos de la política nacional (que no ha demostrado ningún éxito que no sea en beneficio propio), resulta peligroso para los intereses del Club y de sus socios. Hoy los mejores son algunos socios, mañana serán muy pocos, pasado mañana  los mejores serán no-socios, y cuando nos demos cuenta los mejores serán los dueños de empresas de telefonía celular, pozos de petróleo u otros negocios rentables y no los verdaderos dueños del Club, sus socios e hinchas. La meritocracia como forma de gobierno sólo beneficia a quienes se arrogan superioridad sobre otros que debieran ser sus pares. Los cambios sólo son buenos cuando contemplan el beneficio de la mayoría, no de la minoría.

Ante la muestra de preocupación de los socios (según ellos infundada), la dirigencia albiazul se ha escudado en la necesidad de ajustarse a los reglamentos de AFA, CONMEBOL y FIFA. Evidentemente es insuficiente su argumentación, y es necesaria una respuesta contundente y un cambio en el estatuto propuesto, un cambio verdaderamente democrático, que es el que exigen sus socios. No podrá la Comisión Directiva actual desconocer el pedido de los socios, ni conseguir por medios poco democráticos utilizados en el pasado, una reforma que parece estar hecha a la medida de los negocios que podrán beneficiar en el corto plazo a Talleres, pero que pueden significar la pérdida definitiva del Club a largo plazo. El cambio propuesto como garantía del éxito, puede ser la peor derrota del Club. Si los socios son un obstáculo para el proyecto del mejor club del mundo, entonces Talleres no podrá ser ese Club.

 

«Grande por su historia, gigante por su gente»

Los socios no ponen en duda la gestión de esta Comisión Directiva, ni dejan de aplaudir la gestión deportiva del Club, pero este Asamblea no es un plebiscito de la gestión. En esta asamblea se define el futuro del Club Atlético Talleres.

Hoy pareciera que los socios son un obstáculo, el nuevo estatuto no garantiza la participación democrática (todo lo contrario), no garantiza la diversidad en sus actividades deportivas (deportes federados, sean rentables o no), y se pone en duda que el Club siga siendo una Asociación Civil. Si la actual Comisión Directiva verdaderamente quiere construir un club inclusivo y democrático, sabrá escuchar el pedido de sus socios de dar un debate real y profundo a través del cual surja el consenso necesario para hacer que nuestro Club recupere la grandeza que marca su historia.

Matías Blasco
socio del Club Atlético Talleres nº 33893001/1

a. c.

Querido maestro:

No me apena que nunca vaya a leer estas palabras. Me hubiera dado vergüenza mostrarle algo escrito por mí a semejante escritor. Claro que me hubiese gustado decirle algunas cosas, a modo de homenaje, más que nada. He aprendido que hay ciertas cosas que uno no debe guardarse, más aún si es algo bueno. Por eso empecé por decírselo.

Discúlpeme por la nostalgia, pero fue en 2004 que cayó un cuento suyo por primera vez en mis manos. El primero fue “El asesino intachable”. El segundo, “La cuestión de la dama en el Max Lange”. Ambos son policiales. Hace un tiempo que tengo la impresión de haber entrado por una puerta inusual a su literatura. Lo importante es que entré, sin dudas. “La cuestión de la dama…” fue, sin dudas, decisivo. Asombrado, descubrí que había otra forma de escribir cuentos.

Más tarde cayó en mis manos, por obra y gracia de mi padre, Las panteras y el templo. El primer cuento es “Vivir es fácil, el pez está saltando”. No puedo contar lo que sentí después de leer ese cuento a los 16 años. Aún lo leo (porque no he dejado de volver a leer sistemáticamente sus cuentos cada vez que me siento perdido) y me sigue generando nuevas sensaciones. A partir de ahí, me convertí en un lector voraz de sus cuentos. Después siguieron Las otras puertas (yo, que ya tengo 28, sigo leyendo ese libro con admiración y pena, sabiendo que nunca llegaré a escribir esos cuentos que usted escribió a los 26), y Las maquinarias de la noche, uno de los mejores libros de cuentos que jamás haya leído. Y con esas lecturas, yo he ido robando lo que estaba a mi alcance (que es demasiado poco, a mi pesar) para escribir mis propios cuentos, mediocres prosas que guardo celosamente durante algunos meses y borro en ataques de madurez y sinceridad.

No es necesario seguir enumerando obras leídas. Está claro lo que significan para mí las lecturas constantes de sus obras.

Lo importante es que fue entonces cuando me aferré a mi destino de escritor, y mi modelo es usted.

Y como modelo yo no dejo de tenerlo presente. Cuando me siento perdido vuelvo a sus cuentos, veo sus entrevistas, leo sus diarios, busco en usted la respuesta a los obstáculos constantes y cada vez más grandes que se aparecen en mi destino. Lamento mucho ser un alumno mediocre. Créame que a veces me esfuerzo, aunque creo que es en vano. O tal vez es que me va ganando el pesimismo. El horizonte se nubla, y ahora me falta mi maestro. No hay lugar para el optimismo.

Querido maestro, perdóneme si no he querido abandonarme a las lágrimas, ni siquiera bajo el amparo de una cebolla o en la más hermética soledad. No sé por qué no me dejo llorar el dolor que siento. Sentí una tristeza inexplicable desde que me desperté, y ahora que lo sé no me permito desahogarme. Tal vez sería mejor que tratar de sacarme la tristeza escribiendo –una vez más– palabras inútiles que por suerte usted no leerá jamás. Pero no puedo dejar de derrochar tinta. Aunque sea de mala manera, es la mejor forma que tengo de expresarme. Y esto que es un llanto de dolor, también pretende ser un gesto de cariño y agradecimiento. Quiere ser un homenaje, torpe y tibio tal vez. Ojalá pudiera, querido maestro, dedicarle palabras que estén a su altura, que no me sonrojaran, y que le hicieran honor como usted se merece. Podrían haber sido, simplemente, gracias y hasta siempre.

M. B.

El verbo sagrado

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

JORGE LUIS BORGES, Funes el memorioso

 

Hace algunas horas ha muerto un hombre único en su especie. Tenía varios nombres, pero nadie lo recordaba por ellos. Todo lo que giraba en torno a su figura era el extraño padecimiento que lo ahogaba. Se dejaba ver en tugurios de mala muerte, siempre tomando ginebra. De los pocos que se atrevían a sacarle charla, la mayoría salían agotados, contagiados de su agobio. Yo fui uno de ellos.

Me contó su historia, me explicó su padecimiento. No sé si llegué a entender. Ahora que lo sé muerto, me dispongo a contar esto como si fuera una forma de sacármelo de encima.

Hubo una noche clave en su vida: aquella en la que perdió la libertad. La Fortuna le tenía guardado ser apenas algo más que una simple piedra. Y aunque lo supiera de antemano, aunque lo hubo adivinado, también tenía claro que le era inevitable.

Muchas veces soñó, premonitoriamente, con aquel momento. Había pretendido prepararse para dejar que su condición humana se transformara en un minúsculo recuerdo. El Destino, sin embargo, y a pesar de ser una reescritura constante de borrosos signos, nunca deja ver demasiado lo que le depara a sus víctimas.

Sabía que no iba a convertirse en una mera caja de memorias imborrables e inagotables, un narrador minucioso de días en una vida vacía de presente. Eso lo hubiese transformado en alguien sin pensamiento, apenas el portador de un cúmulo de imágenes volando desde su cabeza a su boca y a su lengua, para luego perderse en el aire, hasta dejarse llevar por la muerte una noche cualquiera en la que creyera que por fin podía conciliar el sueño. Lo que él aún no sabía, es que su destino arrastraba un hilo interminable de pensamiento compuesto por los recuerdos que eran su condena.

Esto no pretende ser un homenaje. Esto es una forma de sacarme de la cabeza –si acaso es posible– su voz narrándome su padecer, y la mirada perdida en el vidrio oscuro de una ginebra.

A veces, cuando me gana el insomnio, busco en los lugares oscuros alguna forma de matar las horas que me quedan hasta el alba. Así me tocó encontrarlo una noche de sofocante calor en un tugurio cercano al río. Él ya tomaba del pico de la ginebra, acodado en la barra donde un hombre servía tragos y se ocupaba de controlar cada uno de los movimientos de los clientes. Al ver a aquel fantasma, del cual había escuchado tantas veces en bares de mala muerte igual a éste, me invadió la curiosidad. Decidí acomodarme a su lado sin mirarlo, como si me fuera completamente indiferente, y pedir lo mismo que él.

–Disculpe –me respondieron del otro lado de la barra con una voz ronca y pausada–, pero la última ginebra la está tomando el caballero.

Casi sin querer, y ya que la Fortuna no opera con deseos, él se percató de mi presencia. Giró el cuerpo sobre la banqueta y por primera vez vi sus ojos brillosos, cansados. Su mirada perdida era la expresión de alguien que desea pasar desapercibido, de un hombre que sólo puede esperar su muerte.

–Puedo invitarle una medida, si quiere. –Las palabras salieron de su boca con cierta lentitud. Creo que intentó sonreír, aunque no puedo asegurarlo.

–No se preocupe, no quiero molestarlo, puedo pedir otra cosa.

–Insisto –dijo, y le hizo una seña al hombre para que acercara un vaso.

Agradecí y me sirvió hasta el tope. Aunque lo supiera, le pregunté su nombre.

–Mi madre me puso un nombre con el que sólo ella me llamaba. Los hombres que hablan de mis penas me dicen Funes, por gracia de un profesor borracho que parafraseaba a un escritor que escribía como y lo que leía. Usted, si quiere, puede decirme Garay.

Me presenté. Por las dudas, prefirió disculparse por si en algún momento olvidaba mi nombre.

–Su rostro me quedará grabado en la retina –dijo como defendiéndose–, pero tal vez pierda en mis pensamientos cómo se llama.

–Creí que usted tenía buena memoria –dije lanzándome al vacío, imprudente.

Endureció el rostro, y bajó el tono de la voz.

–No es memoria lo que tengo, sino recuerdos que no puedo borrar de mi cabeza.

Le pedí disculpas por mi atrevimiento, y sólo me contestó con un gesto. Por momentos clavaba la vista en la botella, repasaba los contornos, con la mano derecha la acariciaba. Tal vez allí buscaba encontrar un respiro a las imágenes recurrentes que lo agobiaban.

–Entiendo su equivocación. No es el primero que cae en este error. Ese funesto apodo (permíteme la ironía), tampoco se condice con mi padecer. Yo no soy un memorioso, ni una máquina de recordar absolutamente todo lo que los sentidos perciben.

Calló y me dejó con la pregunta en la lengua. Tomé de un trago el vaso de ginebra y sin que le pida nada me sirvió otra medida.

–¿Sabe lo que pasa, Blasco? La memoria es una cuestión secundaria, una circunstancia, una consecuencia, una burla de mi destino. Yo, en realidad, de lo que sufro es de soledad. ¿Usted también cree saber qué es la soledad?

Me quedé mirándolo. Sus palabras rebotaban en mi cabeza. Mi propio nombre era un puñal que se clavaba en mi orgullo. La palabra “destino” me asustó. Asumí que no debía contestar, que él no esperaba respuesta alguna. Me pregunté, sin embargo, quiénes serían los otros que también creían entender de lo que hablaba este hombre.

–El común de los mortales considera que la soledad es no tener a nadie. Eso sería muy sencillo de solucionar, porque, en definitiva, la libertad de la que gozan les permitiría decidir, elegir no estar solos, optar por alguien con quien compartir las horas para evadirse de sí mismos. Eso no es otra cosa que miedo. No tiene otro nombre. Es lo mismo que dejar la luz prendida cuando uno se va a dormir.

Sostuvo unos segundos el porrón antes de llevárselo a la boca y meter varios tragos, como si el tema le secara la boca, como si llevara días sin probar un sorbo de nada. Luego, y a medida que hablaba, volvía a clavar los ojos en la botella, como si se pudiera pasar el resto de su tiempo mirándola, como si pudiera descubrir algo en ella, como si ahí se le fuera la vida. Casi que podría haberme levantado e irme sin que notara mi ausencia. Yo era descartable, innecesario, un adorno, una excusa. De alguna forma, seguía explicándoselo a sí mismo, como si nunca hubiese llegado a convencerse de lo que decía.

–La soledad es, en cambio, ineludible, y está ligada a los vericuetos del Destino. Está definida, y al mismo tiempo, nos pasamos la vida construyéndola. Exige de un ser que no sea libre. Exige que nos deshumanicemos. Cuando uno llega a ese punto, ya ha perdido todo poder de decisión, ya no es más que una pantalla, una ilusión de lo que alguna vez pudo ser. Y esa inflexión está fundada, más que en un amor inconmensurable, en una pérdida insoportable. Porque primero hay que perder para poder añorar. Porque la soledad, en definitiva, no es otra cosa que la constante ausencia del otro. O más bien, de un otro. Y eso nos lleva a vivir con el ansioso deseo de recuperar el pasado, lo cual nos deja sin opción, parados a la vera de un acantilado sin chance de darnos la vuelta, porque si hay algo aún más invencible que el Destino, eso es el tiempo. Y si uno no puede elegir, entonces no es libre, es menos que nada, es una piedra. Fíjese –me apuntó levantando el índice, agitándolo apenas en el aire–, que el amor queda casi en un segundo plano. Y eso es porque ha sido tan banalizado, o considerado de una forma tan soez, que hoy casi que no tiene sentido utilizar esa palabra. Quizás a nuestro tiempo le quede mejor la costumbre, el miedo, la obligación, antes que el amor.

Giró su rostro hacia mí y yo no pude más que clavar la vista sobre el vaso que todavía tenía la segunda medida. Tal vez tenía la misma mirada que él sobre la botella, atrapada y a la vez punzante, y quizás lo único que buscaba era encontrar allí alguna respuesta, o al menos evitar sus ojos. Comprendí que, repleto de preguntas como estaba, no podía decir nada que no fuera innecesario.

–Dígame –dijo volviendo los ojos a la barra–, ¿usted alguna vez estuvo enamorado?

La pregunta fue un gancho al estómago. Apuré la ginebra y no tardé en ver cómo me llenaba nuevamente el vaso, como si fuera una forma de mantenerme atado a esa confesión.

–Sí –dije, por fin–, algunas veces.

–No –me contestó en seco–. No hay algunas veces. Hay una. Sólo una vez uno es capaz de dejar la vida por alguien. Si nunca sintió eso, entonces nunca estuvo realmente enamorado. Si nunca despertó por las mañanas y se encontró con las irremediables ganas de abrazar a la mujer a su lado para nunca más separarse de ella, entonces estuvo apenas en la antesala del amor. Por eso usted no comprende lo que es verdaderamente la soledad, y por eso no termina de comprender que usted es la nada, y yo soy aún menos que eso. Usted tiene la buena suerte de que el destino le sonría, igual que todos los hombres que se distraen buscando mis palabras, pretendiendo comprender lo que les será siempre incognoscible. Discúlpeme si se lo digo de una manera un poco brusca. Debe ser la mala compañía –terminó diciendo antes de darle otro beso a la ginebra.

Yo quise ofenderme. Creo que me hubiese gustado. Logré entender, sin embargo, que ese hombre no quería demostrarme nada, que apenas estaba compartiendo conmigo la experiencia de alguien que había perdido todo. Tal vez por eso siguió hablando sin percatarse de que dentro de mí se había engendrado una reacción innecesaria, una mezcla de bronca estúpida y de compasión que no podía conciliar conmigo mismo.

Pero eso no importó, porque ahí empezó a contarme cómo era, y cómo había sido. Me convenció de todo lo que había dicho segundos antes. Los ojos cada vez le brillaban más. Me confesó que podía relatarme cada uno de los instantes que había compartido con ella, que recordaba su perfume, el calor de su piel. Me dijo que, a pesar de ser una tristeza permanente, a veces era como disfrutarla de nuevo.

–Extrañarla es poco. Me levanto todas las mañanas pensando en ella, repasando diversos momentos en que pude abrazarme a su cuerpo, en que pude verla, escucharla reír o decirme las cosas que nunca más voy a volver a oír. Estoy atado a su recuerdo, y estoy atado al hecho de haberla perdido. Sólo por eso no soy una simple caja de recuerdos, aunque sea un sencillo cúmulo de imágenes y reproches.

Sólo cuando terminó el porrón, y tras confesarme que no era el primero de la noche, se levantó y me dejó una palmada en el hombro. Aquello que lo agobiaba, ahora me resultaba extrañamente familiar, a pesar de que todavía hoy no creo haber podido comprenderlo del todo. Sin embargo, de alguna forma, había podido contagiarme de la pena que lo había herido. Tal vez por eso no puedo olvidar lo último que le escuché antes de irse.

–Somos animales hechos de recuerdos, Blasco. El problema es cuando lo único que vale la pena es parte del pasado.

No pude verlo cuando me dijo estas últimas palabras. Ya estaba a mis espaldas, a punto de encarar la puerta. Quiero adivinar que en sus ojos no había rencor ni odio, sino apenas resignación ante lo que él sabía escrito y definitivo.

La noche que perdió la libertad, supo también que había terminado de ser alguien. De nada le habían servido las semanas de prepararse, de masticar. Apenas si fueron larguísimas horas en las que fue macerando la prisión en la que transcurriría su muerte. Aquella noche en que perdió todo, la noche en que escuchó las últimas palabras de su boca, comenzó a pagar la condena que le había preparado el Destino. Al salir a la oscuridad ya sólo podía recordar cada uno de los segundos en que había estado con ella, y su pensamiento se multiplicaba en torno de aquellas imágenes vívidas. Hubiese deseado que su cabeza no pudiera hacer más que reproducir y acumular recuerdos, o que fuera una máquina, una invención repleta de imágenes antiguas y nada más. Hubiese deseado no poder pensar.

Desde aquella noche sólo pudo añorarla. Sabía que no podría repetirse absolutamente nada de lo que ella representaba. Aquello lo había llevado a una calle sin salida. Lo único que podía desear era no haberla perdido. Y supo que no había más opciones, que no podía elegir nada, que iba a transitar el tiempo para sólo recordarla y pensar en ella hasta que una noche, finalmente, la muerte se hiciera cargo del peso de su cuerpo.

Todavía me pregunto lo que debe haber sentido al percibir la cercanía del fin. A pesar de que él nunca hubiese dicho que sus últimos días, o peor, que el tiempo transcurrido desde aquella noche fatídica, pertenecía a la historia de su vida. Tal vez la muerte ya le había ganado el espíritu, y fue apenas una sensación de alivio. O quizá, fue completar la derrota.

Lo único seguro es que nada le envidio. Ni siquiera el hecho de haber encontrado a quien amar.

Gelman

Hace 3 años murió Gelman. Me enteré por Twitter. Algunos diarios se hicieron eco de la noticia levantando los cables que llegaban de México. No podían decir nada más del poeta argentino.

Lloré. Las lágrimas me salieron solas, como cuando veo una buena película, un gol del ascenso en el último minuto, una jugada de Maradona; como cuando algo me emociona, en definitiva. Y con la muerte me pasa habitualmente.

Se había muerto el poeta que me había hecho descubrir otra poesía. Se había muerto el periodista de las contratapas del Página, el minucioso analista internacional que tiraba la papa con fuentes precisas.

Mi primer y definitivo encuentro con Gelman fue en 4to del secundario. Yo tenía 14/15 años, y empezamos a ver poesía en Lengua. Hasta ahí, lo más raro que habíamos leído era “Espantapájaros” de Girondo, ese poema con forma de espantapájaros. Los poemas de Neruda nos deslumbraron, pero llegué a Gelman y me choqué con algo desconocido.

Poco se sabe


Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas aunque 
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos.

Así que se puede escribir poesía así. Así que se pueden decir las cosas de otro modo, a través de la poesía. A los 14/15 años, por lo menos para mí, fue un hermosa revelación.

Más allá de algunos pocos poemas que había en mi casa, a Gelman lo volví a encontrar gracias a las ediciones que hizo el Página hace unos cuatro o cinco años. Toda su obra, a precios muy accesibles, para encontrarse con toda su poesía. Y ahí leí Interrupciones, Cólera Buey, Carta a mi madre y Violín y otras cuestiones. Los leí por épocas, y me debo muchas lecturas. A veces, cuando quiero leer y no me decido por nada, vuelvo a los poemas de Gelman.

Llegaron los tiempos en que se nos mueren los viejos maestros (toco madera). Llegaron los tiempos de vivir un poco de la nostalgia.

Burrada

El tipo se baja del taxi y se queda duro mirando el frente de su casa. Duda. No sabe bien qué hacer, cómo explicar lo que le ha pasado. Adentro espera su señora, sus hijos. En el momento le pareció lo más natural del mundo; ahora le da vergüenza. El taxi se aleja y el conductor lo mira por el espejo hasta doblar en la siguiente esquina. Piensa en las cosas raras que ha visto, y decide que ésta es una de las más extrañas.

Cruza la verja tratando de encontrar una solución. Toca el timbre. Piensa que tal vez nadie lo note, que con un poquito de suerte pasará desapercibido. Sin embargo, no tarda en darse cuenta de que eso es imposible, que tendrá que decir algo, aunque no sabe muy bien qué. Respira hondo, pone su mejor cara, y espera a que su señora le abra la puerta, le sonría un instante, hasta darse cuenta y preguntarle con cara de sorpresa:

–¿Y tus zapatillas? ¿Qué pasó?

Al tipo se le borra la expresión tranquila del rostro y mira un segundo a su mujer como un chico que trae malas notas de la escuela. Luego baja los ojos, tratando de decidir qué contestarle. Mira otra vez sus pies desnudos como si en ellos pudiera encontrar algo.

Pero no sabe qué decir. No se anima a contarle la verdad, a responder con la sinceridad que quisiera. La conoce, sabe que no es momento de ser honesto, que si acaso lo fuera podría encontrarse ante un verdadero escándalo. Y no la culpa. Quizás él, en su lugar, haría lo mismo. Aunque cree que ella no sería capaz de hacer algo como lo que hizo. Y por eso la comprende, por eso sabe que debe mentirle, que lo mejor es una historia inventada en donde él sea víctima y no victimario, y así generar un poco de compasión, y no un profundo enojo.

Pero, ¿qué historia? ¿En qué clase de relato cabe que vuelva sin zapatillas a su casa? ¿Cómo lograr que su mujer evite imaginar lo que seguro está imaginando? Asume que no tiene muchas opciones, y que debe recurrir a lo más sencillo.

–Me robaron. Fue a la salida. Me vine por el pasaje para cortar camino, y ahí me agarraron entre tres. No me pude resistir: me sacaron las zapatillas, me pegaron un poco y se escaparon.

–¿Solamente las zapatillas?

La mira rogándole que no pregunte más. El miedo a pisarse lo ataca. Le gustaría poder llorar, y así lograr más velozmente su cometido. Pero sabe también que ella se daría cuenta, y prefiere no contestar, bajar de nuevo los ojos, y desear con toda su fuerza que le crea, y que se olvide de todo este incidente.

–Bueno, no importa –dice ella, finalmente–. Lo importante es que vos estás bien.

Se le acerca y lo abraza lo más tiernamente que puede. Quiere creerle, quiere disipar las dudas que le deja la historia. Le acaricia la cabeza, le ofrece un café, se va a la cocina a prepararlo. Sabe que si no es verdad, probablemente nunca se entere de qué ha sucedido realmente.

Mientras tanto, él la ve cargar la pava y empieza a aflojarse. Mira a los costados como si alguien pudiera observarlo, oculto en algún recoveco de su casa, y pudiera descubrir que todo aquello no es más que una mentira. Trata de relajarse, aunque antes se advierte, eso sí, que no debe ver esta noche el resumen del partido por televisión. No vaya a ser que justo pasen el momento en que el árbitro se dirige al costado de la cancha con las dichosas zapatillas en la mano, y que ella las reconozca, nuevitas como estaban. Apenas se las compró hace unos días, y él no tuvo mejor idea que tirárselas al referí después de que aquel animal haya cobrado semejante burrada.

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