El verbo sagrado

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

JORGE LUIS BORGES, Funes el memorioso

 

Hace algunas horas ha muerto un hombre único en su especie. Tenía varios nombres, pero nadie lo recordaba por ellos. Todo lo que giraba en torno a su figura era el extraño padecimiento que lo ahogaba. Se dejaba ver en tugurios de mala muerte, siempre tomando ginebra. De los pocos que se atrevían a sacarle charla, la mayoría salían agotados, contagiados de su agobio. Yo fui uno de ellos.

Me contó su historia, me explicó su padecimiento. No sé si llegué a entender. Ahora que lo sé muerto, me dispongo a contar esto como si fuera una forma de sacármelo de encima.

Hubo una noche clave en su vida: aquella en la que perdió la libertad. La Fortuna le tenía guardado ser apenas algo más que una simple piedra. Y aunque lo supiera de antemano, aunque lo hubo adivinado, también tenía claro que le era inevitable.

Muchas veces soñó, premonitoriamente, con aquel momento. Había pretendido prepararse para dejar que su condición humana se transformara en un minúsculo recuerdo. El Destino, sin embargo, y a pesar de ser una reescritura constante de borrosos signos, nunca deja ver demasiado lo que le depara a sus víctimas.

Sabía que no iba a convertirse en una mera caja de memorias imborrables e inagotables, un narrador minucioso de días en una vida vacía de presente. Eso lo hubiese transformado en alguien sin pensamiento, apenas el portador de un cúmulo de imágenes volando desde su cabeza a su boca y a su lengua, para luego perderse en el aire, hasta dejarse llevar por la muerte una noche cualquiera en la que creyera que por fin podía conciliar el sueño. Lo que él aún no sabía, es que su destino arrastraba un hilo interminable de pensamiento compuesto por los recuerdos que eran su condena.

Esto no pretende ser un homenaje. Esto es una forma de sacarme de la cabeza –si acaso es posible– su voz narrándome su padecer, y la mirada perdida en el vidrio oscuro de una ginebra.

A veces, cuando me gana el insomnio, busco en los lugares oscuros alguna forma de matar las horas que me quedan hasta el alba. Así me tocó encontrarlo una noche de sofocante calor en un tugurio cercano al río. Él ya tomaba del pico de la ginebra, acodado en la barra donde un hombre servía tragos y se ocupaba de controlar cada uno de los movimientos de los clientes. Al ver a aquel fantasma, del cual había escuchado tantas veces en bares de mala muerte igual a éste, me invadió la curiosidad. Decidí acomodarme a su lado sin mirarlo, como si me fuera completamente indiferente, y pedir lo mismo que él.

–Disculpe –me respondieron del otro lado de la barra con una voz ronca y pausada–, pero la última ginebra la está tomando el caballero.

Casi sin querer, y ya que la Fortuna no opera con deseos, él se percató de mi presencia. Giró el cuerpo sobre la banqueta y por primera vez vi sus ojos brillosos, cansados. Su mirada perdida era la expresión de alguien que desea pasar desapercibido, de un hombre que sólo puede esperar su muerte.

–Puedo invitarle una medida, si quiere. –Las palabras salieron de su boca con cierta lentitud. Creo que intentó sonreír, aunque no puedo asegurarlo.

–No se preocupe, no quiero molestarlo, puedo pedir otra cosa.

–Insisto –dijo, y le hizo una seña al hombre para que acercara un vaso.

Agradecí y me sirvió hasta el tope. Aunque lo supiera, le pregunté su nombre.

–Mi madre me puso un nombre con el que sólo ella me llamaba. Los hombres que hablan de mis penas me dicen Funes, por gracia de un profesor borracho que parafraseaba a un escritor que escribía como y lo que leía. Usted, si quiere, puede decirme Garay.

Me presenté. Por las dudas, prefirió disculparse por si en algún momento olvidaba mi nombre.

–Su rostro me quedará grabado en la retina –dijo como defendiéndose–, pero tal vez pierda en mis pensamientos cómo se llama.

–Creí que usted tenía buena memoria –dije lanzándome al vacío, imprudente.

Endureció el rostro, y bajó el tono de la voz.

–No es memoria lo que tengo, sino recuerdos que no puedo borrar de mi cabeza.

Le pedí disculpas por mi atrevimiento, y sólo me contestó con un gesto. Por momentos clavaba la vista en la botella, repasaba los contornos, con la mano derecha la acariciaba. Tal vez allí buscaba encontrar un respiro a las imágenes recurrentes que lo agobiaban.

–Entiendo su equivocación. No es el primero que cae en este error. Ese funesto apodo (permíteme la ironía), tampoco se condice con mi padecer. Yo no soy un memorioso, ni una máquina de recordar absolutamente todo lo que los sentidos perciben.

Calló y me dejó con la pregunta en la lengua. Tomé de un trago el vaso de ginebra y sin que le pida nada me sirvió otra medida.

–¿Sabe lo que pasa, Blasco? La memoria es una cuestión secundaria, una circunstancia, una consecuencia, una burla de mi destino. Yo, en realidad, de lo que sufro es de soledad. ¿Usted también cree saber qué es la soledad?

Me quedé mirándolo. Sus palabras rebotaban en mi cabeza. Mi propio nombre era un puñal que se clavaba en mi orgullo. La palabra “destino” me asustó. Asumí que no debía contestar, que él no esperaba respuesta alguna. Me pregunté, sin embargo, quiénes serían los otros que también creían entender de lo que hablaba este hombre.

–El común de los mortales considera que la soledad es no tener a nadie. Eso sería muy sencillo de solucionar, porque, en definitiva, la libertad de la que gozan les permitiría decidir, elegir no estar solos, optar por alguien con quien compartir las horas para evadirse de sí mismos. Eso no es otra cosa que miedo. No tiene otro nombre. Es lo mismo que dejar la luz prendida cuando uno se va a dormir.

Sostuvo unos segundos el porrón antes de llevárselo a la boca y meter varios tragos, como si el tema le secara la boca, como si llevara días sin probar un sorbo de nada. Luego, y a medida que hablaba, volvía a clavar los ojos en la botella, como si se pudiera pasar el resto de su tiempo mirándola, como si pudiera descubrir algo en ella, como si ahí se le fuera la vida. Casi que podría haberme levantado e irme sin que notara mi ausencia. Yo era descartable, innecesario, un adorno, una excusa. De alguna forma, seguía explicándoselo a sí mismo, como si nunca hubiese llegado a convencerse de lo que decía.

–La soledad es, en cambio, ineludible, y está ligada a los vericuetos del Destino. Está definida, y al mismo tiempo, nos pasamos la vida construyéndola. Exige de un ser que no sea libre. Exige que nos deshumanicemos. Cuando uno llega a ese punto, ya ha perdido todo poder de decisión, ya no es más que una pantalla, una ilusión de lo que alguna vez pudo ser. Y esa inflexión está fundada, más que en un amor inconmensurable, en una pérdida insoportable. Porque primero hay que perder para poder añorar. Porque la soledad, en definitiva, no es otra cosa que la constante ausencia del otro. O más bien, de un otro. Y eso nos lleva a vivir con el ansioso deseo de recuperar el pasado, lo cual nos deja sin opción, parados a la vera de un acantilado sin chance de darnos la vuelta, porque si hay algo aún más invencible que el Destino, eso es el tiempo. Y si uno no puede elegir, entonces no es libre, es menos que nada, es una piedra. Fíjese –me apuntó levantando el índice, agitándolo apenas en el aire–, que el amor queda casi en un segundo plano. Y eso es porque ha sido tan banalizado, o considerado de una forma tan soez, que hoy casi que no tiene sentido utilizar esa palabra. Quizás a nuestro tiempo le quede mejor la costumbre, el miedo, la obligación, antes que el amor.

Giró su rostro hacia mí y yo no pude más que clavar la vista sobre el vaso que todavía tenía la segunda medida. Tal vez tenía la misma mirada que él sobre la botella, atrapada y a la vez punzante, y quizás lo único que buscaba era encontrar allí alguna respuesta, o al menos evitar sus ojos. Comprendí que, repleto de preguntas como estaba, no podía decir nada que no fuera innecesario.

–Dígame –dijo volviendo los ojos a la barra–, ¿usted alguna vez estuvo enamorado?

La pregunta fue un gancho al estómago. Apuré la ginebra y no tardé en ver cómo me llenaba nuevamente el vaso, como si fuera una forma de mantenerme atado a esa confesión.

–Sí –dije, por fin–, algunas veces.

–No –me contestó en seco–. No hay algunas veces. Hay una. Sólo una vez uno es capaz de dejar la vida por alguien. Si nunca sintió eso, entonces nunca estuvo realmente enamorado. Si nunca despertó por las mañanas y se encontró con las irremediables ganas de abrazar a la mujer a su lado para nunca más separarse de ella, entonces estuvo apenas en la antesala del amor. Por eso usted no comprende lo que es verdaderamente la soledad, y por eso no termina de comprender que usted es la nada, y yo soy aún menos que eso. Usted tiene la buena suerte de que el destino le sonría, igual que todos los hombres que se distraen buscando mis palabras, pretendiendo comprender lo que les será siempre incognoscible. Discúlpeme si se lo digo de una manera un poco brusca. Debe ser la mala compañía –terminó diciendo antes de darle otro beso a la ginebra.

Yo quise ofenderme. Creo que me hubiese gustado. Logré entender, sin embargo, que ese hombre no quería demostrarme nada, que apenas estaba compartiendo conmigo la experiencia de alguien que había perdido todo. Tal vez por eso siguió hablando sin percatarse de que dentro de mí se había engendrado una reacción innecesaria, una mezcla de bronca estúpida y de compasión que no podía conciliar conmigo mismo.

Pero eso no importó, porque ahí empezó a contarme cómo era, y cómo había sido. Me convenció de todo lo que había dicho segundos antes. Los ojos cada vez le brillaban más. Me confesó que podía relatarme cada uno de los instantes que había compartido con ella, que recordaba su perfume, el calor de su piel. Me dijo que, a pesar de ser una tristeza permanente, a veces era como disfrutarla de nuevo.

–Extrañarla es poco. Me levanto todas las mañanas pensando en ella, repasando diversos momentos en que pude abrazarme a su cuerpo, en que pude verla, escucharla reír o decirme las cosas que nunca más voy a volver a oír. Estoy atado a su recuerdo, y estoy atado al hecho de haberla perdido. Sólo por eso no soy una simple caja de recuerdos, aunque sea un sencillo cúmulo de imágenes y reproches.

Sólo cuando terminó el porrón, y tras confesarme que no era el primero de la noche, se levantó y me dejó una palmada en el hombro. Aquello que lo agobiaba, ahora me resultaba extrañamente familiar, a pesar de que todavía hoy no creo haber podido comprenderlo del todo. Sin embargo, de alguna forma, había podido contagiarme de la pena que lo había herido. Tal vez por eso no puedo olvidar lo último que le escuché antes de irse.

–Somos animales hechos de recuerdos, Blasco. El problema es cuando lo único que vale la pena es parte del pasado.

No pude verlo cuando me dijo estas últimas palabras. Ya estaba a mis espaldas, a punto de encarar la puerta. Quiero adivinar que en sus ojos no había rencor ni odio, sino apenas resignación ante lo que él sabía escrito y definitivo.

La noche que perdió la libertad, supo también que había terminado de ser alguien. De nada le habían servido las semanas de prepararse, de masticar. Apenas si fueron larguísimas horas en las que fue macerando la prisión en la que transcurriría su muerte. Aquella noche en que perdió todo, la noche en que escuchó las últimas palabras de su boca, comenzó a pagar la condena que le había preparado el Destino. Al salir a la oscuridad ya sólo podía recordar cada uno de los segundos en que había estado con ella, y su pensamiento se multiplicaba en torno de aquellas imágenes vívidas. Hubiese deseado que su cabeza no pudiera hacer más que reproducir y acumular recuerdos, o que fuera una máquina, una invención repleta de imágenes antiguas y nada más. Hubiese deseado no poder pensar.

Desde aquella noche sólo pudo añorarla. Sabía que no podría repetirse absolutamente nada de lo que ella representaba. Aquello lo había llevado a una calle sin salida. Lo único que podía desear era no haberla perdido. Y supo que no había más opciones, que no podía elegir nada, que iba a transitar el tiempo para sólo recordarla y pensar en ella hasta que una noche, finalmente, la muerte se hiciera cargo del peso de su cuerpo.

Todavía me pregunto lo que debe haber sentido al percibir la cercanía del fin. A pesar de que él nunca hubiese dicho que sus últimos días, o peor, que el tiempo transcurrido desde aquella noche fatídica, pertenecía a la historia de su vida. Tal vez la muerte ya le había ganado el espíritu, y fue apenas una sensación de alivio. O quizá, fue completar la derrota.

Lo único seguro es que nada le envidio. Ni siquiera el hecho de haber encontrado a quien amar.

Gelman

Hace 3 años murió Gelman. Me enteré por Twitter. Algunos diarios se hicieron eco de la noticia levantando los cables que llegaban de México. No podían decir nada más del poeta argentino.

Lloré. Las lágrimas me salieron solas, como cuando veo una buena película, un gol del ascenso en el último minuto, una jugada de Maradona; como cuando algo me emociona, en definitiva. Y con la muerte me pasa habitualmente.

Se había muerto el poeta que me había hecho descubrir otra poesía. Se había muerto el periodista de las contratapas del Página, el minucioso analista internacional que tiraba la papa con fuentes precisas.

Mi primer y definitivo encuentro con Gelman fue en 4to del secundario. Yo tenía 14/15 años, y empezamos a ver poesía en Lengua. Hasta ahí, lo más raro que habíamos leído era “Espantapájaros” de Girondo, ese poema con forma de espantapájaros. Los poemas de Neruda nos deslumbraron, pero llegué a Gelman y me choqué con algo desconocido.

Poco se sabe


Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas aunque 
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos.

Así que se puede escribir poesía así. Así que se pueden decir las cosas de otro modo, a través de la poesía. A los 14/15 años, por lo menos para mí, fue un hermosa revelación.

Más allá de algunos pocos poemas que había en mi casa, a Gelman lo volví a encontrar gracias a las ediciones que hizo el Página hace unos cuatro o cinco años. Toda su obra, a precios muy accesibles, para encontrarse con toda su poesía. Y ahí leí Interrupciones, Cólera Buey, Carta a mi madre y Violín y otras cuestiones. Los leí por épocas, y me debo muchas lecturas. A veces, cuando quiero leer y no me decido por nada, vuelvo a los poemas de Gelman.

Llegaron los tiempos en que se nos mueren los viejos maestros (toco madera). Llegaron los tiempos de vivir un poco de la nostalgia.

Burrada

El tipo se baja del taxi y se queda duro mirando el frente de su casa. Duda. No sabe bien qué hacer, cómo explicar lo que le ha pasado. Adentro espera su señora, sus hijos. En el momento le pareció lo más natural del mundo; ahora le da vergüenza. El taxi se aleja y el conductor lo mira por el espejo hasta doblar en la siguiente esquina. Piensa en las cosas raras que ha visto, y decide que ésta es una de las más extrañas.

Cruza la verja tratando de encontrar una solución. Toca el timbre. Piensa que tal vez nadie lo note, que con un poquito de suerte pasará desapercibido. Sin embargo, no tarda en darse cuenta de que eso es imposible, que tendrá que decir algo, aunque no sabe muy bien qué. Respira hondo, pone su mejor cara, y espera a que su señora le abra la puerta, le sonría un instante, hasta darse cuenta y preguntarle con cara de sorpresa:

–¿Y tus zapatillas? ¿Qué pasó?

Al tipo se le borra la expresión tranquila del rostro y mira un segundo a su mujer como un chico que trae malas notas de la escuela. Luego baja los ojos, tratando de decidir qué contestarle. Mira otra vez sus pies desnudos como si en ellos pudiera encontrar algo.

Pero no sabe qué decir. No se anima a contarle la verdad, a responder con la sinceridad que quisiera. La conoce, sabe que no es momento de ser honesto, que si acaso lo fuera podría encontrarse ante un verdadero escándalo. Y no la culpa. Quizás él, en su lugar, haría lo mismo. Aunque cree que ella no sería capaz de hacer algo como lo que hizo. Y por eso la comprende, por eso sabe que debe mentirle, que lo mejor es una historia inventada en donde él sea víctima y no victimario, y así generar un poco de compasión, y no un profundo enojo.

Pero, ¿qué historia? ¿En qué clase de relato cabe que vuelva sin zapatillas a su casa? ¿Cómo lograr que su mujer evite imaginar lo que seguro está imaginando? Asume que no tiene muchas opciones, y que debe recurrir a lo más sencillo.

–Me robaron. Fue a la salida. Me vine por el pasaje para cortar camino, y ahí me agarraron entre tres. No me pude resistir: me sacaron las zapatillas, me pegaron un poco y se escaparon.

–¿Solamente las zapatillas?

La mira rogándole que no pregunte más. El miedo a pisarse lo ataca. Le gustaría poder llorar, y así lograr más velozmente su cometido. Pero sabe también que ella se daría cuenta, y prefiere no contestar, bajar de nuevo los ojos, y desear con toda su fuerza que le crea, y que se olvide de todo este incidente.

–Bueno, no importa –dice ella, finalmente–. Lo importante es que vos estás bien.

Se le acerca y lo abraza lo más tiernamente que puede. Quiere creerle, quiere disipar las dudas que le deja la historia. Le acaricia la cabeza, le ofrece un café, se va a la cocina a prepararlo. Sabe que si no es verdad, probablemente nunca se entere de qué ha sucedido realmente.

Mientras tanto, él la ve cargar la pava y empieza a aflojarse. Mira a los costados como si alguien pudiera observarlo, oculto en algún recoveco de su casa, y pudiera descubrir que todo aquello no es más que una mentira. Trata de relajarse, aunque antes se advierte, eso sí, que no debe ver esta noche el resumen del partido por televisión. No vaya a ser que justo pasen el momento en que el árbitro se dirige al costado de la cancha con las dichosas zapatillas en la mano, y que ella las reconozca, nuevitas como estaban. Apenas se las compró hace unos días, y él no tuvo mejor idea que tirárselas al referí después de que aquel animal haya cobrado semejante burrada.

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Jugá callado

–Me encontré con Rocío.

“Rocío”, dijo, no “la Tana”. Creo que la última vez que alguien le dijo Rocío a la Tana fue hace como quince años. Y él, ahora, dijo Rocío. Lo dijo como al pasar, como si fuera cualquier cosa, con el mismo tono que pondría en “ayer desayuné un café con un par de medialunas”.

La Tana. Hace mucho que no la veo. Con los muchachos siempre nos acordamos de lo buena que estaba. Ellos no paraban de tirarle. Al final se casó con un pelotudo a cuerda que por suerte sólo vimos dos o tres veces.

–¿Qué Rocío? –le dije para hacerme el sonso, y justo ahí me acordé. Fue como una visión, como si aquella simple pregunta fuera una especie de clave que ovilló el laberinto de mi memoria. Y la vi. La película me pasó en un segundo por la mente y entendí todo. Lo vi al Rengo ponerle la nariz en el cuello y decirle con voz de Barry White “qué rico perfume que tenés”, aunque sonó como un “agradecé que hay público porque si no te muerdo y no te suelto hasta que Belgrano gane algo”. Y también me acordé de la sonrisa de la Tana, de sus cachetes colorados, de su mirada baja. Y la vi. Vi la historia completa y entendí todo lo que había pasado.

La Tana, además de ser una mina muy linda, era demasiado simpática. Extremadamente simpática, tal vez. Los hombres no solemos entender bien lo que es la simpatía. Por lo general, es un atributo que le dejamos a las mujeres más bien fuleras, como para que tengan alguna cualidad por la que merezcan permanecer en la misma habitación que nosotros. En el caso de las minas lindas, la simpatía nos da la impresión de que es una invitación al chamuyo. Y ese es el momento preciso cuando tendemos a hacer el ridículo, algo que nos sale de maravillas.

Por eso no es raro que la mayoría de los tipos que conozco le hayan tirado alguna vez a la Tana. Obvio, yo no soy la excepción. Por un tiempo, incluso, estuve convencido de que estaba a punto de comérmela, algo que, claramente, no pasó. El Rengo, en cambio, nunca se prendió en esa. Casi se podría decir que no le daba ni pelota a la Tana. Y no era que fuera tímido, o que no le gustara, o que tuviera otros compromisos. Él decía que era parte de su estrategia y se reía. Yo pensaba que era el único vivo que no perdía el tiempo. Tal vez fue por eso que me quedaron en la memoria esos dos momentos que ahora, pasados los años, coinciden como las piezas de un rompecabezas.

El segundo recuerdo es del cumpleaños del Tucumano. Esa noche nos comimos un asado y tipo tres de la mañana, cual era nuestra costumbre, juntamos un sexto y arrancamos un truco. La mayoría de la gente se había ido, apenas si quedaban cuatro o cinco, y entre ellos estaba la Tana. El cumpleañero, por su parte, dormía desnucado en una silla. Tiramos los reyes, corrimos los vinos de la mesa y nos pusimos a timbear. Mi equipo era con el Rengo y con el Ruso.

El primero lo ganamos nosotros y ellos durmieron afuera. En el segundo nos mandaron a guardar un 33 de mano antes del cual yo me había cebado hasta cantar un real envido innecesario. Cuando levanté la vista, me encontré con la cara del Rengo. “Tranquilo. Juguemos más callados que el tercero se lo ganamos” me dijo. Porque “jugar callado” era el lema del Rengo. Siempre que era pie, arrancaba la segunda mano con una mirada y su clásico “jugá callado”.

Así jugamos el tercero, que fue muy parejo. Nadie regaló nada hasta el final. Cuando llegamos a la última mano, estábamos empatados a doce. Repartía el Rengo. Me cayeron un tres, el siete de oro y un cuatro de copas. “Vamos al Gringo” dijo cuando vio mis señas, por lo que esperé que pasaran un cuatro, una sota, un siete de bastos, y me mandé con el tres. No quisieron el envido y la vuelta terminó con dos seis, lo cual hacía ver una mesa penosa. Eso tal vez fue lo que me dio la confianza suficiente como para mandarme la cagada estruendosa que nos hizo perder el partido. Levanté la vista y pude ver la cara serena del Rengo, que me decía “jugala callado” antes de hacerme un guiño. Yo pensé que cuando vieran el siete se iban a ir a la mierda, lo que era la opción menos favorable, así que volví a mirar a mi pie, después al Colo que estaba a mi lado, y canté “truco” lo más discretamente que pude. “¡Quiero retruco, mierda!” saltó de atrás el Juan, a lo que  respondí con un “¡quiero, qué carajo!” de tono lo suficientemente fuerte como para que el Tucumano se diera la vuelta y balbuceara algo inentendible. Volví a mirar al Rengo y estaba con los ojos cerrados, como si ya supiera lo que ellos tenían y pudiera ver el desastre que se avecinaba. Jugué el siete de oro, siguiendo el plan. El Colo jugó el de espadas y con ese ganaron la segunda, y antes que nosotros pudiéramos hacer nada, el Juan tiró el macho sobre la mesa y nos dejó culo al norte. No pude atinar ni a pedir perdón. En ese momento el Rengo se paró, dio vuelta a la mesa con una sonrisa tibia en la cara, y cuando pasó al lado mío, me tocó el hombro sin decir nada. Me tomé el vino que me quedaba y unos minutos después, cuando me paré buscando a mi amigo, ya no estaba. La Tana tampoco. Lo peor era que él me había llevado hasta ahí, así que me tuve que volver a pata.

Después me enteré que el Rengo, tras tocar mi hombro, le había dicho a la Tana que tenía que buscar a alguien cerca de su casa y que podía llevarla, lo que ella aceptó enseguida. Se fueron sin saludar, tal vez para no tener que soportar a los borrachos que habían empezado a dar una especie de vuelta olímpica alrededor de la mesa donde yo todavía me lamentaba.

No había asociado aquellos dos hechos hasta que el Rengo dijo “Rocío” en vez de “la Tana”. Nunca se me había cruzado por la cabeza esa idea. Tampoco había reparado demasiado en la forma de jugar al truco que tiene el Rengo.

–La Tana –aclaró–. ¿Te acordás?

–Sí, cómo no me voy a acordar de la Tana –dije sonriendo–. ¿Cómo anda?

–Bien, qué se yo. Me contó que se divorció, así que bastante bien.

Cruzamos una mirada de complicidad.

–¿Y qué hicieron? –pregunté.

–Nada. Nos tomamos un porrón. Charlamos.

–¿Charlaron? ¿Vos, que sos el que juega siempre callado? –dije y me miró con una cara que nunca le había visto al Rengo. Tenía la expresión de quien es descubierto in fraganti. Ahí nomás la cambió por una sonrisa.

–Hay un momento en que los silencios no alcanzan y hay que hablarle a la suerte –me dijo.

Yo me reí, y después nos quedamos callados, mirando cualquier cosa, pensando en la Tana cada uno por su lado.

¡Grande Diego!

Para Ckari, a modo de disculpas

 

Recibió cerca de la mitad de la cancha, de espaldas al arco. Acomodó el cuerpo y se sacó al cinco rival pisándola para atrás. Más de uno se paró pensando que se venía un momento inolvidable. Avanzó con balón dominado y levantó la cabeza, buscando algún compañero. Arriba el nueve se dejaba marcar de cerca por un central rústico, el siete se abría hasta casi salirse del campo y el volante izquierdo no arrancaba. No había pase y, como no era su estilo rifarla en un pelotazo, se decidió a hacer una de Dios. Amagó largarla hacia la derecha y enganchó con la parte interna del pie, le ganó en velocidad al ocho que venía de atrás a atorarlo y cuando el primer central salió a matarlo le tiró un caño con la suela, rodeándolo para quedar ante el cuatro que cerraba. Volvió a levantar la cabeza y sus compañeros no sabían si pedirla o si dejarlo seguir con la magia. El balón se levantó apenas por una piedrita, y cuando trataba de tranquilizarlo sintió que alguien lo agarraba por la espalda, tironeándolo de la casaca justo donde el uno y el cero se encuentran. Salió en potencia, con el empeine derecho la alargó hacia un costado y sintió cómo se liberaba del agarrón. Se encontró de frente al segundo central que se olvidaba un instante del nueve que ya sólo miraba, pero él la pisó con la diestra y con la zurda que no tenía nada de boba la tiró para el otro lado y dejó regalado al oponente que trataba de clavar los ojos en esas piernas para adivinarle el hilo con que llevaba atada a la caprichosa. El cinco volvía desesperado desde atrás, con intenciones dudosas, y él amagó con pegarle al arco justo cuando el tres salía a tapar el remate, con tal mala suerte de que abrió lo suficiente las gambas como para que tirara la segunda tuna de la jugada y quedaran el tres y el cinco casi abrazados, arrepintiéndose de no pegarle una buena patada a la altura del pecho a ese genio, que ahora quedaba de cara al arquero que salía más por obligación que por tener alguna esperanza. El tiempo se detuvo, el balón estaba esperando el último toque que lo llevara al fondo de la red, y mientras el diez decidía si la cruzaba, si la clavaba suavemente al primer palo, si la picaba o si pasaba al arquero para definir con la valla vacía, ocurrió lo inesperado, lo innecesario. Escuchó un grito. Y si hubiese tenido ojos en la espalda, hubiese visto al dos, su dos, con los brazos en alto y la boca bien abierta, y hasta unas gotas de saliva volando por el aire cortado por las palabras “¡Grande Diego!” que pretendían homenajearlo y no lograron otra cosa que su mente se distrajera, y que aquella definición que había imaginado se frustrara en un remate seco y a la pierna derecha del arquero que años más tarde contaría esta atajada a sus nietos como si hubiese reivindicado a Shilton. Cuando se dio vuelta estaba ahí, en la puerta del área propia, aquel defensor que había logrado lo que los rivales creían imposible, con los brazos todavía en alto pero con expresión horrorizada ante aquel desenlace impensado, con ganas de cavar un pozo y enterrarse, con la esperanza de que al finalizar el partido, todos recordaran más las gambetas mágicas del diez que la bocaza incontenible del dos.

Ciento doce

André recibe el balón y mira el arco contrario. Está demasiado lejos, y falta demasiado poco.

 

Una mujer se levanta. Ha pasado la tarde recitando un viejo gualicho. Va al baño. Ya no se aguanta. Al volver todo ha pasado. Mira azorada, el corazón se le detiene un segundo. Pide perdón. Quiere llorar. Vuelve a pedir perdón.

 

Los últimos hielos chocan contra su labio superior. Se para y se acerca a la mesa. Vuelve a preparar metódicamente el fernet. Hielo, fernet, Coca, un poco más de fernet. Lo mezcla con el dedo meñique, lo saca lleno de espuma. Toma un trago. Lo mide en la boca. Vuelve a su lugar. Toma otro trago. Va a pasárselo a la mujer que está a su lado y una mano aparece de atrás. A ella, sólo a ella debe pasárselo. Así fue todo el mes, así debe ser ahora. La mano se lleva el vaso. Cuando ellas se miran todo ha pasado. Sólo les sale el insulto, al aire y general.

 

El hombre, solo, está al borde de la silla. Si se mueve un centímetro, se cae. La mano derecha, guardada entre las piernas, se cierra y extiende el índice y el meñique en los momentos apropiados. Pero ya no se aguanta. Saca los cigarrillos del bolsillo, prende uno. Aspira nervioso. Al soltar la bocanada de humo todo ha pasado. Se mira la mano, abierta, con el pucho entre los dedos, humeante. No puede quitar la vista de ahí. No quiere mirar nada más.

 

André llega al fondo, increíblemente. Mira y lo ve a Mario. Es chiquito. El chiquito se escurre entre los otros y aparece solo. La pelota lo busca, le pega en el pecho y cae sobre su izquierda. La rebota justo para que cruce e infle la red por el otro costado.

 

Él está parado. Mira de lejos. Está cansado pero aguanta. Mira a los demás y calcula.

 

Una mujer se suelta la uña. Un chico se tapa la cara. Se buscan con los ojos y buscan al que falta.

 

Millones tratan de encontrar cuál es la pieza que se extravió, la explicación irracional para lo que pasó. Miles de culpables, casualidades que rompieron el equilibrio conseguido. De un pelotazo se ha roto la burbuja que sabía a ilusión y a gloria.

El poeta, la epopeya y Gardel

 

Porque no hay casualidades, ahijadito, me dirá alguien en la quinta de Verónica la noche siguiente. Los anacronismos, las transposiciones de jugadas no existen. Hay un orden secreto: el demonio me lo dijo.

ABELARDO CASTILLO, Crónica de un iniciado

 

Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste…?

VÍCTOR HUGO MORALES

 

No existen las casualidades. Esas cosas que pasan y a las que no les encontramos explicación no son casualidades. Suceden por algo. Si buscara una explicación literaria, podría pensar que hay diferentes planos de la realidad que se entrecruzan, y que aquello que parece no ser real en nuestro plano, lo es en otro, pero ambos planos son parte de nuestra realidad. Hay muchos mundos reales, dijo el autor del epígrafe. Capaz que la teoría no sea tan literaria. Todo se confirma si nos hacemos cargo de lo que dijo Oscar Wilde: “la realidad imita al arte”. La frase es estruendosa, y parece ridícula. O le parecerá ridícula a los racionalistas extremos, a los que no puedan ver más que suma de casualidades cuando la vida los pone frente a hechos tan perfectos que parecen el libreto de una película o un buen libro.

Para poner un nombre a eso, no voy a usar ningún neologismo. Eso que nos corre del eje se llama Destino. Pero como la palabra Destino tiene una larga tradición en occidente, voy a hacer dos aclaraciones. La primera es que este Destino no es la Fortuna fatalista griega, que condenó a Edipo a matar a su padre y a fifarse a su madre. Si bien hay cosas que suceden (sucederán) por mandato del Destino, éste es (hasta cierto punto) maleable. Para seguir usando frases hechas, uno construye su propio Destino (hasta cierto punto). La segunda aclaración es que esta idea, brillante o no, no me pertenece. Seguramente es una construcción (vale decir: un mero hurto) sobre varias lecturas. El autor del epígrafe algo tiene que ver. Y alguna vez se lo escuché decir a la Jefa, y esas también son palabras mayores.

Todo esto para decir que nada de lo que pasó aquel mediodía del 22 de junio de 1986 fue casualidad. No hace falta que diga qué pasó ese día: todos los 22 de junio en la tele, en la radio o en los diarios, como pasa en la escuela para las fechas patrias, nos lo recuerdan. Repasemos brevemente para los distraídos: Mundial de México, cuartos de final, Estadio Azteca, Argentina – Inglaterra. 1982, guerra de Malvinas. En el momento de la formación previa al partido Gardel mira a los ingleses y uno puede ver ahí que no es sólo un pase a semifinales lo que se va a jugar.

Si queda algún distraído, valgan estas dos nuevas aclaraciones: sí, es el partido de “La mano de Dios” y del mejor gol de la historia de los Mundiales; y no, ese partido no nos devuelve a los pibes muertos en una guerra infame, sólo imaginable en las mentes perversas de los milicos sedientos de poder, ni nos devuelve la soberanía sobre nuestro territorio, pero como nosotros no queremos venganza sino justicia, hasta tanto ésta llegue nos aprovechamos un poquito de la justicia poética.

Volvamos al partido. Argentina juega mejor, pero no concreta. Primer tiempo, cero a cero. Apenas comenzado el segundo tiempo viene el primer gol. Gardel deja pagando a cuatro ingleses, abre con Valdano que no puede controlar y el defensor que lo marca tira una patada con tal mala suerte que le devuelve una pared a Gardel. Shilton sale a buscar la pelota. Le lleva una cabeza al Diez, y puede usar las manos. Pero algo pasa. La pelota de pronto supera a Shilton y se mete en el arco. El árbitro mira al línea y éste no sabe bien qué hacer. Gardel corre hacia un costado con los brazos en alto y llama a sus compañeros con la mirada. El línea corre al mediocampo y el árbitro cobra el gol. El arquero y varios defensores reclaman que Gardel la empujó con la mano. Más tarde, él mismo aclararía la situación: “Yo no la toqué, fue la mano de Dios”. Afuera de la cancha, quien está seguro de que el gol fue con la mano es el otro artífice de esa jornada memorable: Víctor Hugo. Artífice porque aquella historia es lo que es gracias a su relato. El también construyó la epopeya de aquel día a través de sus palabras. Por ejemplo, antes de esa jugada dice: “Argentina y la pelota, Argentina y el partido, ¿para cuándo Argentina y el gol?” Veinte segundos después, Dios le responde. Él ve que el gol es con la mano. Lo dice. Varias veces. No está muy contento con que haya sido así. Le pide perdón a todo el mundo. Igual, lo grita “con el alma”. Pide ayuda y desde Buenos Aires le dicen que el gol fue de cabeza. No está tan seguro.

El segundo gol viene casi inmediatamente. Casi cuatro minutos después sucede la poética apilada de siete ingleses, arquero incluido, para que Gardel la entierre en el arco. Once segundos, diez toques. Hemos visto un millón de veces el gol como para que vuelva a narrarlo, y hemos escuchado un millón de veces el relato de Víctor Hugo como para avergonzar los hechos con mis propias palabras, relato que empieza con una frase perfecta: “…la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…”. Está claro. Víctor Hugo sabe que viene el gol. Que viene ese gol. El Destino se lo susurra al oído, y entonces él larga esa frase. El Destino que le susurra a Gardel que es ahora que tiene que reinventar la epopeya, y se manda esos dos goles para que todos los 22 de junio nos acordemos de él. Pero sin Víctor Hugo esos goles no serían lo mismo. Él ha dicho que el relato no le gusta, que le parece imperfecto. De hecho, cuando termina el relato, visiblemente (o audiblemente) agotado, pasa 43 segundos en silencio (sin relatar, por ejemplo, una jugada de peligro sobre el arco argentino, mientras sus compañeros le piden que siga), y antes de retomar el relato pide disculpas “por haber abandonado cualquier tipo de tono profesional, no sé si ustedes pueden comprenderlo”. Alguien, la voz de la historia seguramente, le responde “¡Cómo no…!”. Claro, Víctor Hugo ha sido poseído por vaya a saber qué musas futboleras, y como un improvisado aedo, le da a la epopeya de Gardel[1] en el Azteca su merecido relato.

No hace falta que aclare que no había otro jugador ni otro relator que pudieran haberlo hecho. No hay otra combinación posible. Los juntó el Destino para que el 22 de junio no vuelva a ser nunca una fecha más. Sólo un hombre pudo realizar esa epopeya, y sólo un hombre podía ponerle palabras. Eso es el Destino.

Sólo me queda citar, como cada 22 de junio, el final del relato de Víctor Hugo, también como un agradecimiento a él: “Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas…”.

 

Partido completo con relatos de Víctor Hugo: http://www.victorhugomorales.com.ar/argentina-vs-inglaterra-mundial-mexico-86-relatos-victor-hugo-morales/

 

Gol con relato subtitulado: https://youtu.be/T-hzzjFVuuk

 

[1] Así como Víctor Hugo asume como imperfecto el relato de este gol, ha dicho que el que prefiere es el tercer gol a Grecia en EEUU 1994, jugada repleta de toques en la puerta del área que termina en un disparo al ángulo de Diego. En ese relato, Víctor Hugo dice “¡Está vivo! ¡Gardel está vivo!”. (https://youtu.be/is40zPl5Hzw)

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